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Todo empezó cuando la Autoridad Metropolitana del Transporte, la agencia encargada del metro en Nueva York, decidió renovar su flota y pensó en el oceáno como nuevo hogar para los casi 1.300 vagones que jubilaba en el proceso. La mayoría de ellos eran los denominados redbirds (pájaros rojos), unos vagones pintados de ese color que empezaron a recorrer las entrañas de la ciudad en 1962. Y la ciudad incluso se hacía cargo del coste del transporte y del hundimiento. Y es que, aunque ese es un proceso algo costoso, es muchos millones más barato que desguazar los trenes.
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